miércoles, mayo 30, 2007

Un aperitivo.

Además de 'Iconos' estoy escribiendo actualmente otro relato que se llama, provisionalmente, 'Un vacío que llenar'. Quiero ofreceros un aperitivo, los primeros párrafos, para que estéis al día de lo que estoy haciendo. Allá va:

Un Vacío que Llenar

“Poco antes del inicio del Éxodo, antes de que las grandes naves-colonia abandonaran la Tierra, dada por irredimible, durante el tiempo en que las tropas de una de las grandes potencias de aquel entonces, llamada los Estados Unidos de América, ocupaban las tierras del Nayd y el Hiyaz, que una vez habían sido conocidas como Arabia Saudi, alguien cometió un acto terrible, entre los muchos actos terribles que se cometieron entonces. Llevado por la ira o la desesperación, o tal vez por la locura, alguien hizo explotar artefactos de una gran potencia explosiva en el subsuelo de las ciudades santas de Meca y Medina, y entre muchos otros daños, provocó la destrucción de la Kaaba. Era entonces, según el calendario musulmán, el mes de Ramadán, en que los musulmanes ayunan mientras el sol está en el cielo […]

Y a este acto los historiadores musulmanes lo llaman Al Qabiyhatu: La Abominación […]

Y fue grande el llanto sobre la tierra, al elevarse el sol, avergonzado, sobre Meca y Medina. Pero llegó el mes de Zul Hiyya, en que los musulmanes realizaban la Gran Peregrinación a Meca, y el maestro Jafar ibn Mansur se preparó para viajar allí como hacía todos los años. Y cuando finalmente, apareció ante sus hermanos, ellos le miraron pensando que la tristeza y el dolor le habían hecho perder la razón. Y realizó ante ellos todos los pasos de la peregrinación, sin salir de los terrenos de su escuela, en la hermosa Córdoba, en Al-Andalus. Y cuando llegó el momento de iniciar las circunvalaciones en torno a la Kaaba, fueron algunos los que pensaron que su locura era innegable, porque Ibn Mansur empezó a girar sobre sí mismo ”

Enciclopedia de la República, Terranova, 2420 (5º Edición)

Artículo “Al Qabiyhatu: La Abominación”

* * * * *

Con el nombre de Dios, el misericordioso, el compasivo…

Ésta es una historia del pasado; Terranova es para nosotros, ciudadanos de la República, la lejana capital de nuestra civilización, un planeta en el que no pensamos a menudo. Es una historia del tiempo que siguió al Éxodo, a la partida de las grandes naves-colonia de la Tierra, cuando todos lo que podían o querían marcharse se habían marchado, y los que se habían quedado eran aquellos que no tenían dinero o contactos o ninguna habilidad que les hubiera permitido subir a las naves-colonia. La población había quedado reducida a menos de una décima parte de la que llegó a vivir en la Tierra, que estaba repartida por todo el planeta pero, al contrario que antes del Éxodo, se acumulaba en el hemisferio norte.

Porque era el hemisferio norte el que había quedado despoblado tras la marcha de las naves-colonia, y los habitantes del hemisferio sur habían ido, lentamente, migrando hacia el norte, hacia los territorios de países que ya no existían, como los Estados Unidos de América o la Unión Europea. Y cuando habían llegado allí, se habían encontrado con inmensas ciudades vacías, o prácticamente vacías.

Y la vida había seguido.

* * * * *

La ciudad se llamaba Córdoba y había sido muy hermosa. Lo seguía siendo, claro, pero ahora… se iba deshaciendo día a día, vacía de gente, sus edificios solitarios eran presa de la desolación, y la naturaleza iba avanzando, poco a poco, recuperando todo aquello que le habíamos arrebatado. Desde la ventana de un piso que daba a la mezquita, Faisal Ibn Umar Ibn Tariq al Isbani, al que llamaban Abu Faruq, pensaba en las historias que le había contado su padre, hasta el día en que murió, sobre lo bulliciosa y llena de vida que había estado aquella ciudad. Había llegado a tener más de 300.000 habitantes, algo que Abu Faruq encontraba mareante, y ahora apenas tenía 10.000.

Tras la mezquita, el Guadalquivir fluía lentamente, despacio, bajo el sol de la mañana. Los edificios vacíos, a orillas del río, parecían contemplar la situación actual, dubitativos. Abu Faruq miró hacia la calle, y vio grupos de jóvenes ociosos, sentados en los antiguos portales, muchos ahora tapiados, otros abiertos a la fuerza. Los que habían abandonado la ciudad habían dejado muchas cosas atrás, debido a las restrictivas leyes de carga de las naves-colonia, y todavía existían grupos, más o menos organizados, que se dedicaban a recorrer los edificios buscando reliquias de un pasado no tan distante, pero sí olvidado por muchos.

Tan sólo habían pasado veinte años desde el Éxodo, desde que las últimas naves-colonia abandonaran la Tierra a la que nunca volverían, y ya la gente empezaba a hablar de ello como si fuera algo muy antiguo. ¿Serviría de algo preguntarles a aquellos chicos, sentados en la calle, se dijo Abu Faruq, sobre las guerras de finales del siglo veinte, sobre la ocupación ilegal de Palestina por parte de Israel, sobre Iraq, sobre El Líbano? Si no recordaban esas cosas, ni tenían conocimiento de ellas, ¿servía de algo esforzarse en enseñarles cosas aún más antiguas, como las glorias del califato Omeya de Córdoba, el más antiguo aún de Damasco, o el genocidio armenio o el holocausto judío?

Y, sin embargo, Abu Faruq hablaba de todas aquellas cosas a los, eso sí cada vez menos, jóvenes que venían todos los días a reunirse en su casa, a hablar de historia, de música, de literatura, de filosofía. A discutir de tantas y tantas cosas que poco a poco se volvían lejanas, y distantes en la memoria.

Pero su propio hijo, Faruq ibn Faisal, hacía meses que había dejado de venir a las reuniones. Es más, hacía meses que había dejado de vivir en casa de Abu Faruq y su esposa, Jamila, y las veces en que padre e hijo habían hablado en el último mes podían contarse con los dedos de una mano.

Abu Faruq sabía que la tecnología había traído muchas cosas buenas a la ciudad, pero también era consciente de que, tras el Éxodo, la mayoría de las cosas que quedaban eran peligrosas o inmorales, o ambas cosas a la vez. La red informática de Córdoba seguía funcionando pero era inevitable preguntarse cuánto tiempo seguiría funcionando. Los sistemas de mantenimiento automático no podían durar para siempre y, si la situación allí era mala, Abu Faruq había oído que en otras partes del mundo era mucho peor.

Una de las cosas de las que se hablaba, en el círculo de hermanos que se reunía en el patio de la mezquita tras la oración del mediodía, era de los implantes neuronales y los chips de personalidad. A Abu Faruq, que era un miembro de la escuela del maestro Ibn Mansur, el primero que había girado sobre sí mismo en vez de dar vueltas en torno al cráter donde una vez había estado la Kaaba, aquello le preocupaba especialmente. Su vecino Abu Ishmail, que era carnicero, tenía un hijo que se había colocado implantes neuronales un par de años atrás y un día se había marchado de casa para no volver nunca, sin dar ninguna explicación de su conducta. Sólo había dejado atrás una caja de metal en la que su padre había encontrado silicona, herramientas de electrónica, varios cables para conexiones silicio-carbono, y un par de estuches negros de los que se usaban para guardar chips neuronales, pero sin ninguna marca ni ninguna etiqueta. Abu Ishmail, que no podía dar ningún uso a tales objetos, había guardado la caja en lo alto de un armario, y se había olvidado de ella.

Hasta dos semanas atrás, en que el cuerpo de Ishmail había aparecido muerto cerca de la antigua plaza de toros, ahora abandonada y refugio de mendigos.

Abu Faruq, dos semanas atrás, había levantado la mirada del ordenador personal en que escribía su diario, porque una sombra se había interpuesto entre él y el sol, y se había encontrado con los ojos tristes de su vecino. Le había acompañado a identificar el cadáver, y había estado a su lado mientras lo enterraban, envuelto según los ritos, directamente en la tierra, sin lápida.

Y ahora él y Jamila no podían evitar pensar que, un día, ambos tendrían que ir a identificar el cuerpo de Faruq.

4 comentarios:

Rapunzell dijo...

Pues el aperitivo me ha dejado con ganas de más :)

Me ha gustado especialmente la parte de la Kaaba. Siento debilidad por las historias cortas dentro de historias largas.

Ax dijo...

Bravo! Bravo!
Sensacional narrativa, atmósfera magistral, encantadora historia...

Bien por usted maestro Ibn Sina...

Ibn Sina dijo...

Muchas gracias, Ax. Quisiera comentar en tu blog, pero no puedo porque no permite comentarios. Bienvenido a este Libro.

Ax dijo...

Gracias Maestro! Lamento no haber tenido mi espacio listo. Estuve haciendo algunos cambios, pero ya he habilitado los comentarios. Gracias por tomarse la molestia de visitar mi humilde sitio. Aún cuando ya suficiente gratitud tengo con poder leer sus bellas letras.

¡Enhorabuena y si decide visitarme de nuevo, será igualmente muy bien recibido!

Ax